Mi lugar secreto: Playa Rincón en la península de Samaná

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Por Marlene Rybka

En casa, cuando estoy en el trabajo y quiero evadirme, siempre me imagino a mí misma al sol caribeño, bajo las palmeras de una exótica playa de aguas azul turquesa. Por desgracia, nunca había tenido la fortuna de visitar una playa así.

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Hasta hoy, que fuimos a Playa Rincón. Se encuentra en un extremo remoto de la península de Samaná, cerca de la población Las Galeras, a unos 45 minutos en coche de Santa Bárbara de Samaná. Hemos ido por la costa, recorriendo pequeños pueblos pintorescos, puestos de frutas y algún bar de vez en cuando donde se escuchaba la típica bachata.

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Salto del autobús atolondrada, cámara de fotos en ristre como si fuera a avistar ballenas. Pero aquí ninguna palmera huye ni el mar se zambulle como una ballena.

Echo a correr con mi cámara. ¡Madre mía, esto sí es belleza! Estoy en medio de mi propio escenario de ensueño. Y de repente me olvido de las fotos. Simplemente quiero estar aquí, llegar y disfrutar del momento.

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Playa Rincón es considerada como la playa más hermosa de la República Dominicana y, afortunadamente, sigue siendo una perla prácticamente virgen: tan solo unos pocos turistas, un pequeño restaurante, tumbonas y lavabos.

La playa de arena fina se extiende a lo largo de tres kilómetros y es perfecta para vaguear al sol o dar un largo paseo. Esto sí que es un verdadero masaje para el alma. Sin embargo, ¡no puedo irme sin tomar fotos!

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No sé cuántos cientos de palmeras he fotografiado hasta sentarme por fin a disfrutar de una bebida de coco y un plato de verduras fritas. Aquí en particular las mujeres de la comunidad cocinan todo con mucho amor.

El resto de la tarde arrastro a Melissa, una periodista que me acompaña como Susurradora de Ballenas para que pose para mí. Su presencia embellece aún más este paisaje.

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Cuando hacia las cinco de la tarde recogemos las cosas para regresar, siento un peso en el corazón. “¡No quiero irme! ¿Volvéis a por mí en dos semanas?”, pregunto. Desafortunadamente no se acepta mi petición. “¿Quién más susurraría a las ballenas, si no tú?” resuena en el grupo. Por supuesto, tienen razón, y por eso me dirijo al autobús con el corazón apesadumbrado y me despido de la playa de mis sueños.

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